María recordará siempre aquella mañana de diciembre. Mientras preparaba el café en su cocina de Vitoria, escuchó el rugido del agua bajando por el río Zadorra. Las lluvias habían sido intensas durante tres días consecutivos, y el caudal había crecido de manera alarmante. Lo que no sabía entonces es que, mientras ella observaba preocupada desde su ventana, las presas vascas estaban trabajando silenciosamente para evitar una catástrofe mayor.
Esa misma escena se repite cada invierno en miles de hogares del País Vasco. Las familias ven crecer los ríos con inquietud, sin saber que existe toda una red de infraestructuras diseñadas para protegerlas. Porque aunque parezca invisible, la gestión del agua en momentos críticos puede marcar la diferencia entre una crecida controlada y una inundación devastadora.
Esta realidad ha cobrado especial relevancia tras las impactantes imágenes de Andalucía, donde embalses como el de Iznájar han alcanzado niveles históricos. Y es que el cambio climático está transformando la manera en que llueve: episodios más intensos, concentrados en menos días, que ponen a prueba nuestras infraestructuras.
Cuando las presas se convierten en escudos protectores
José María Sanz de Galdeano, director de Planificación Hidrológica y Obras de la Agencia Vasca del Agua (URA), lo explica con claridad meridiana: “Las presas no se diseñaron para las avenidas, pero hoy son clave para amortiguarlas”.
Las presas vascas nacieron con un propósito muy concreto: garantizar el suministro de agua a la población. Sin embargo, la realidad las ha convertido en algo mucho más valioso. Su capacidad de almacenamiento permite “jugar con las reservas, generar hueco y retener agua en los momentos más críticos”, según explica el experto.
El territorio vasco cuenta con dos grandes sistemas que funcionan como verdaderos guardianes silenciosos. El sistema del Zadorra incluye el Embalse de Ullibarri-Gamboa y la presa de Urrunaga, mientras que el embalse de Añarbe protege a toda la comarca de Donostialdea.
Pero no todas las presas funcionan igual. La efectividad depende de un concepto clave que pocos conocen: el “resguardo”. Se trata de la capacidad de almacenamiento disponible justo antes de que lleguen las lluvias intensas. Como explican los técnicos: “La gestión se adapta en función del estado de los ríos aguas abajo y de las previsiones meteorológicas”.
Los números que marcan la diferencia en la protección
Para entender realmente cómo funcionan las presas vascas, necesitamos hablar de porcentajes y capacidades. Los datos revelan diferencias significativas entre los sistemas:
| Sistema | Capacidad de regulación | Zona de abastecimiento | Autoridad competente |
|---|---|---|---|
| Zadorra (Ullibarri-Gamboa y Urrunaga) | 60% de la cuenca | Vitoria y área metropolitana | Confederación Hidrográfica del Ebro |
| Añarbe | 23% de la cuenca | Donostialdea | Confederación Hidrográfica del Cantábrico |
Estas cifras son cruciales para entender la capacidad real de protección. En Añarbe, por ejemplo, solo el 23% del agua que circula por el río pasa por el embalse. Esto significa que “la mayor parte del agua no puede ser regulada”, pero aun así, “cuando los ríos bajan altos, la presa retiene al máximo posible para amortiguar la crecida”.
El sistema del Zadorra ofrece una protección mucho mayor. Al controlar el 60% de la cuenca situada aguas arriba, permite una intervención más significativa. Como resume el director de URA: “Frenamos la crecida reteniendo en las presas el caudal que les llega”.
Las estrategias de gestión incluyen:
- Monitoreo constante de las previsiones meteorológicas
- Coordinación entre las diferentes administraciones competentes
- Ajuste del “resguardo” según las condiciones previstas
- Gestión anticipada de los niveles de embalse
La coordinación entre organismos resulta fundamental. Aunque la autoridad administrativa final depende del ámbito territorial – Confederación del Ebro para el Zadorra y del Cantábrico para Añarbe – existe “coordinación permanente entre ambas confederaciones y URA para decidir conjuntamente cada maniobra de gestión”.
El futuro del agua: eliminando obstáculos innecesarios
Mientras las grandes presas vascas se consolidan como protectoras esenciales, Euskadi ha emprendido una estrategia aparentemente contradictoria: la eliminación de pequeñas presas y azudes. ¿Por qué destruir infraestructuras hidráulicas en tiempos de cambio climático?
La respuesta está en la eficiencia y el sentido común. No se trata de las grandes infraestructuras como Zadorra o Añarbe, sino de “estructuras de pequeña altura, a veces de apenas un par de metros, que no tienen capacidad real para gestionar avenidas significativas”.
Los motivos para su retirada son dobles. Primero, el ambiental: estos azudes “interrumpen la continuidad del ecosistema fluvial, dificultando el tránsito de la fauna aguas arriba y abajo”. Segundo, el hidráulico: pueden “elevar localmente la lámina de agua y favorecer pequeñas inundaciones en episodios de crecida”.
Sin embargo, no todo se elimina a ciegas. Existe un factor emocional y cultural que también cuenta: el valor patrimonial. Algunos azudes y puentes históricos “poseen interés cultural o arquitectónico”, lo que obliga a buscar “soluciones intermedias entre la conservación y la mejora hidráulica o ambiental”.
En estos casos especiales se estudian alternativas como canales laterales o medidas de permeabilización que permiten compatibilizar la protección del patrimonio con la mejora del ecosistema fluvial.
Lo importante, según insisten los expertos, es que “ninguno de los elementos actualmente en revisión tiene una influencia notable en las grandes avenidas del País Vasco ni afecta a infraestructuras con capacidad real de regulación”.
La gestión moderna del agua requiere esta visión integral: mantener y optimizar las grandes infraestructuras que realmente protegen, mientras se eliminan los obstáculos menores que no aportan beneficios significativos pero sí generan impactos ambientales.
Para las familias como la de María en Vitoria, esto significa mayor seguridad y ríos más saludables. Un futuro donde las presas vascas continúan siendo escudos silenciosos contra las crecidas, pero también donde los ecosistemas fluviales pueden recuperar su funcionamiento natural en aquellos tramos donde es posible.
FAQs
¿Cómo saben las presas cuánta agua retener durante las lluvias intensas?
Se basan en las previsiones meteorológicas y el estado de los ríos aguas abajo, ajustando el “resguardo” o capacidad disponible antes de cada episodio de lluvia.
¿Por qué el embalse de Añarbe protege menos que el sistema del Zadorra?
Porque Añarbe solo regula el 23% de su cuenca, mientras que el Zadorra controla el 60%, lo que permite una intervención mucho mayor en las crecidas.
¿Es contradictorio eliminar presas pequeñas mientras se mantienen las grandes?
No, porque las pequeñas presas no tienen capacidad real para gestionar avenidas significativas, pero sí interrumpen los ecosistemas fluviales sin aportar beneficios relevantes.
¿Quién decide cuándo abrir o cerrar las compuertas de las presas vascas?
Depende del territorio: la Confederación del Ebro para el Zadorra y la del Cantábrico para Añarbe, siempre en coordinación permanente con la URA.
¿Las presas vascas fueron diseñadas originalmente para prevenir inundaciones?
No, se construyeron fundamentalmente para el abastecimiento de agua, pero su capacidad de almacenamiento las convierte hoy en herramientas clave para amortiguar las crecidas.
¿Qué pasa con el valor histórico de algunos azudes que se van a eliminar?
Se estudian soluciones intermedias como canales laterales o permeabilización que permiten conservar el patrimonio mientras se mejora el funcionamiento del río.